Una de las partes más importantes en el credo, es sin duda la parte en la que los católicos confiesan su creencia en el Espíritu Santo, y esto, más que palabras, es una verdadera vivencia y una realidad. No solo es Decir «creo en el Espíritu Santo», esto tiene que ser una testificación irrefutable de quien ha entendido en su vida, la poderosa acción que logra el Espíritu de Dios.Pero si no nos acoplamos con el Espíritu Santo, tal y como debería de ser.

No podremos contemplar las maravillas de sus acciones, la última parte del Credo se transforma por completo en un índice de fórmulas: Donde la Iglesia que conocemos se reducirá a una organización folclórica, la llamada comunión de los santos pasara a ser solo una teoría inútil, el perdón de los pecados seria simplemente un objetivo inalcanzable.

La resurrección de la carne seria un irracional deseo y la vida eterna una utopía delirante sin ningún valor.Cabe destacar que en la última Cena, Jesús hizo a sus doce apóstoles una poderosa promesa. Dijo; que no los dejaría «huérfanos», sino que enviaría al Espíritu Santo, quien será su «Consolador», que estará siempre con ellos y sobretodo «en ellos», recordándoles siempre todas aquellas cosas que él les había enseñado, guiándoles a toda verdad.

Sumado a lo expuesto, el Espíritu Santo según esa promesa donde afirma «Él estará en ustedes» (Jn 14, 17). Quiere decir;    que antes Jesús estaba con ellos. Pero ahora, dejo de ser algo externo para convertirse en algo interno, estando igualmente a su lado, pero esta vez «dentro de ellos».

Son tres poderosas armas, pintadas de blanco y camufladas con tanto arte que a su enunciación todos ustedes vibraron de emoción mística y ahora sentirán profunda indignación ante lo que juzgarán como sacrilegio: la demostración de que esta trilogía es el atentado más perverso que jamás se ideó contra la humanidad. Porque con la FE se anula a la razón y a la inteligencia; con la ESPERANZA se convierte al hombre en esclavo de la casualidad, incapaz de planear, prever y calcular el futuro científicamente y con la caridad se destruye el equilibrio sinérgico y se perpetúa la humillación, la invalidez y la miseria. Las tácticas de los mercaderes de la inmortalidad son materia de la historia. Hablan de paz y, al mismo tiempo, instigan las guerras, bendicen las armas, distribuyen amuletos entre los contendientes de ambos bandos y se sientan a esperar para ver quien gana y entonar “te déums” en su nombre. Hablan de igualdad y defienden los privilegios de clase en los régimenes aristocráticos de explotación. Hablan de iluminación y apagan las luces del conocimiento. Los mercachifles del santo disimulo inventaron la confesión y la absolución, como medio para invalidar el sentido de responsabilidad social. Donde quiera que van les acompaña la distorsión de los valores naturales, del sentido común, de la ética y de la confianza de los hombres en sí mismos, para substituirlos por escalas de valores sobrenaturales, antí-naturales, arbitrarios y ficticios, suficientemente impactantes como para dejar a los individuos sumidos en la confusión y abatidos por un complejo de culpabilidad, inducido arteramente (¿¡Digan Uds., nomás, qué rayos de culpa tenemos de que Adán haya cohabitado con Eva!?).

No hay rincón de la vida privada de los hombres donde los vendedores ambulantes de exorcismos y fetiches no se metan. Una vez acorralado su ganado, le sacan el mayor provecho posible: explotan la inseguridad que en ellos han cultivado cuidadosamente y que hace crisis en cada una de las decisiones trascendentales de la vida y ante cada evento de consecuencias imprevisibles; el nacimiento, el matrimonio, muerte, iniciación de un nuevo negocio, la enfermedad. Todo se presta para cobrar sobornos en nombre del ente que ellos colocaron en el centro del Universo para interferir caprichosamente con las leyes cósmicas naturales. En fín. Eso es el Vaticano y su gran negociación transnacional. Podemos esperar que, si no logran derrotar a la ciencia, diseñarán nuevas tácticas para seguir gozando del monopolio mundial de intangibles sobrenaturales. Ya se ostentan como caudillos de la izquierda santificada y paladines de los pueblos desarrapados del Tercer Mundo; pero no nos equivoquemos: su único propósito es conducir a los tres mundos hacia el otro mundo, mientras ellos, gracias a Dios, se quedan en éste, disfrutando las ganancias de la operación “POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS, AMEN”.

Aunque sus artistas publicitarios llenaron las paredes de sus casas comerciales con perspectivas celestes, pobladas de angelitos retozando entre las nubes, ahora la empresa se ha quedado prudentemente callada sobre la localización exacta del paraíso en que ofrece cumplir a sus clientes la promesa de una vida eterna de felicidad. Ya no puede sugerir que esa mansión celeste flota en la estratosfera, ni tampoco la puede situar en otro planeta o sistema solar. Niega que esté dentro de cada uno de nosotros y no se atreve a postular una cuarta o quinta dimensión; por el temor de que algún día las matemáticas lleguen hasta ahí. Simplemente calla, en espera de que los telescópios descubran una barrera infranqueable para entonces decir que el paraíso está detrás de ella y que la única agencia de pasajes es el Vaticano. No es fácil, en un mundo que cada día se desatonteja más, vender boletos de primera y turismo hacia un encantador fraccionamiento celestial situado en el “más allá”; sobre todo porque no conviene describirlo con demasiado detalle y correr el peligro de que se descubra el fraude. Ya estamos escarmentados de fraccionadores aviesos que nos muestran preciosas maquetas y perspectivas con sol, fuentes, casas que siempre parecen más grandes de lo que realmente serán y chicas en bikini con invitantes sonrisas. Cuando llegamos al lugar, resulta que es un pedregal abandonado, lejos de todo y lleno de bichos repugnantes. Por eso, la empresa vaticana deja a cada quien que se imagine su lotecito como quiera, al cabo no puede ir a cerciorarse por sí mismo. Nadie puede alegar que le tomaron el pelo.

Pero, para que la demanda del producto no disminuya ante el embate erosivo de la razón y de la ciencia, para que siga aumentando la clientela del artículo intangible que se llama SALVACION EN LA OTRA VIDA, los aboneros del más allá tienen que recurrir a las más variadas estrategias. Como todas las transnacionales, el consorcio vaticano tiene metida la mano en muchas partes: en la banca internacional, los bienes raíces, la prensa y, sobre todo en los gobiernos. Lo hace simplemente para proteger sus propios intereses. Es obvio que si la vida en este planeta fuese agradable y feliz, desaparecería el anhelo de alcanzar una vida mejor en un paraíso hipotético. Para que alguien desée salvarse, necesita haber algo indeseable de qué salvarse. Mientras haya miseria, habrá quien aspire a la riqueza; mientras haya dolor, habrá quiénes busquen placer; mientras haya opresión y esclavitud, habrá quiénes pidan ser liberados; mientras haya injusticia, habrá quiénes clamen por justicia. Si se alcanzan todas estas cosas aquí en la Tierra, se habrá matado a la gallina de los huevos de oro. ¿Como hacer, pues, para perpetuar la ignorancia, la miseria, la desigualdad, la opresión y todas las demás desgracias de la humanidad sin descubrirse como enemigo de ella, sino simulando ser su salvador? He aquí el dilema que encaró, hace siglos, la empresa vaticana y cuya solución es el cimiento de su estrategia internacional. Se funda en tres principios, o pretendidas virtudes teologales: FE, ESPERANZA Y CARIDAD.

Si de conseguir pareja se trata, la opción más factible para lograrlo no es siempre San Valentín, te recomiendo que te dirijas a San Antonio de Padua, sus oraciones poderosas te ayudarán sin duda. Te explicaré una forma muy popular y poderosa de pedirle. Si luego de rezar el resultado da “si” es una buena noticia pero si es “no” debes esconderle el niño a la imagen San Antonio o colócalo de cabeza hasta obtengas ese milagrito.

San Antonio es conocido por ayudar a millones de personas a encontrar pareja, es muy común escuchar que a este santo le debes de prender una vela y ponerlo de cabeza como dijimos anteriormente, pero algunos no están de acuerdo con esa manera de pedirle. Incluso piensa que es una forma de chantajearlo secuestrándole a su niño o torturándolo para conseguir el milagro.

Pero lo que hará completamente efectiva tu petición es tu fe, la palabra de Dios en el versículo de Marcos 5:34 nos dice; “Hija, tu fe te ha sanado,” le dijo Jesús; “vete en paz y queda sana de tu aflicción.”

Así que tu fe es la que va a determinar poder abrir la puerta a tu deseo, siempre y cuando todo sea para tu bien.

Quizás éste es el primer mandamiento que se le viene a la mente cuando se le pide mencionar uno de los 10 mandamientos. Honrar a tu padre y a tu madre demuestra una responsabilidad no solo para con Dios sino para con los semejantes.

Cumplir este mandamiento es tan importante que es el único de los 10 mandamientos que tiene como consecuencia una promesa, es decir, si se cumple con el mandamiento de Honrar a tu padre y a tu madre, Dios asegura que los días de vida serán largos, estando delante de él (Éxodo 20:12, Deuteronomio 5:16, Efesios 6:2,3)

Para cumplir con el mandamiento de “Honrar a tu padre y a tu madre” no basta con quererlos, implica respetarlos en su autoridad dentro del lazo familiar, tal como si se respetara a una autoridad superior, como un juez.

Aunque Jesucristo era perfecto y superior sus padres, fue un perfecto ejemplo de cómo cumplir la quinta ley de los 10 Mandamientos, por lo que se puede ver como se preocupo por el cuidado de sus padres (Mateo 7:5,10-13, Juan 19:26,27) Seguir su maravilloso dechado permitirá que cada miembro de la familia colabore en la unidad y felicidad familiar.